por Howard
Aquella noche no era simplemente oscura; era como si el mismísimo Enkai Narok se hubiera manifestado, devorando cada resquicio de luz para que ella pudiera escapar. Fathiya —aunque ese nombre ya no le perteneciera más— sentía como si este la estuviera observando retorcerse, esperando para acompañar su espíritu al gran pastizal de los espíritus, donde su abuela —y probablemente su madre a estas alturas— la estarían esperando.
Fathi podía sentir cómo Enkai jalaba gentilmente su espíritu de su cuerpo, pero ella no podía permitirse morir. Debía seguir, aunque ahora no fuera más que uno de esos fantasmas de los que leyó en la escuela; ahora era una persona sin nombre, sin nacionalidad ni familia. Pero por lo que recordaba, incluso esos fantasmas, cuando se aferraban con suficiente furia, podían arañar la realidad.
Avanzaba arrastrándose; había perdido la cuenta de cuánto tiempo había estado huyendo, pero seguía avanzando. La hierba le cortaba las palmas como si fueran cuchillas. Cada movimiento era una batalla; tenía una costilla rota, o al menos el dolor le decía que estaba rota; la sangre seca en la camiseta le recordaba que no tenía margen para errores. Cuando estuviera muerta, ya permitiría que las hienas salvajes la devoraran como hicieron con su abuelo años atrás.
El bosque no era un refugio ideal; no estaba segura de que bestias salvajes o espíritus malignos se pudieran encontrar en este lugar, pero no tenía más opciones en ese momento. ¿Pero qué más podía hacer? Pronto amanecería y Enkai Na-nyokie no la protegería. Y en ese momento las visiones se intensificaron. En estas se veía a sí misma siendo alimento de animales salvajes, sus huesos retorcidos como ramas de árboles enfermos.
El mundo oscilaba ante sus ojos, dividiéndose en capas superpuestas: el presente —la hierba, el dolor, el frío— y los futuros, docenas de Fathis desplomándose en la misma hierba, jadeando de dolor hasta quedarse quietas—. Respirar era como tragar cristales; el frío hacía que cada inhalación fuera un dolor agudo en los pulmones. En algún lugar entre las dos visiones vio a su abuela, pastoreando vacas como era su costumbre.
—Hija mía —la voz de su abuela era suave—. En el momento en que cierres los ojos, estarás conmigo; no puedes permitirte dormir en este instante, debes vivir.
En eso el mundo se fracturó por completo; la red del destino se abría ante ella. No era una simple malla: era un fractal infinito de hexágonos irregulares, cada uno vibrando con un futuro distinto. En la gran mayoría, su cuerpo yacía sin vida —de docenas de formas distintas, cada cual más aterradora que la anterior—. En unas pocas sobrevivía, si se entregaba, pero era una sombra vacía, con los ojos en blanco, el cerebro medio abierto y su cuerpo lleno de cables. Pero en los hexágonos más pequeños y que más débilmente brillaban vivía, como una vagabunda, pero vivía.
Obedeció a ciegas las visiones. Sus dedos se clavaron en el fango, desenterrando gusanos gruesos como dedos meñiques. Se los metió a la boca antes de que el asco pudiera detenerla. Sabían a bilis y tierra fermentada, a los intestinos del mundo. Su estómago ni siquiera se contrajo; llevaba semanas alimentándose de cosas que harían vomitar a un chacal. La Fathi del futuro había hecho esto… y había vivido. Ese conocimiento era más amargo que los gusanos.
—Hija mía —su abuela le volvió a hablar—. Enkai ha visto tu valor y tu decisión de vivir a pesar de todo; haz lo mismo que estoy a punto de hacer, hazlo, aunque sea usando todo lo que te queda de fuerza.
Su abuela hizo unos gestos con la mano y pronunció unas palabras que Fathi no entendía, pero lo imitó; su cuerpo actuó casi por sí mismo. Su voz, ronca por días sin agua, canturreó las palabras, aunque sentía en su lengua que no eran humanas.
—Enkai narakua sidai, iltunganak enkakenya, sidai naatare…
Una luz verde respiró alrededor de ella, como un gas fosforescente. Era cálida y fría en simultáneo, y sintió como si algo o alguien la observase a través de ella. Pero el dolor se desvaneció, su costilla se recompuso, su cuerpo se llenó de una fuerza que no era de ella. Miró a su alrededor. El pasto y los árboles que la rodeaban estaban negros, marchitos, como si hubieran absorbido su dolor. La vida había vuelto a su cuerpo, pero la tierra lo había pagado por ella.
Dos meses. Sesenta y tres días marcados en sus costillas, visibles a simple vista. Sobrevivía. No era vida —no con los pulmones que aún le pinchaban al respirar hondo, ni con el hambre que le cerraba el estómago—, pero era mejor que lo que recordaba. En Nairobi, había sido invisible: una niña morena entre miles, mendigando monedas con las palmas hacia arriba y la cabeza gacha. Ahora, aunque el bosque y las calles le hubieran robado la inocencia, al menos le habían dado elección. Incluso si esa elección era entre morir devorada por bestias o por la ciudad.
Se había convertido en un espectro urbano. La camisa holgada —robada de un tendedero— le colgaba como una piel muerta, y los pantalones, cortados con una piedra afilada, dejaban ver rodillas cubiertas de cicatrices. Había aprendido que la suciedad era un disfraz mejor que cualquier capucha: la tierra en su cara no solo ocultaba sus mejillas aún redondas, sino que ahuyentaba a los curiosos. Nadie miraba dos veces a una niña cubierta de lodo y mirada vacía. Nadie, excepto los que buscaban a alguien como ella.
Nairobi era un monstruo de asfalto y cicatrices. Sus callejones respiraban violencia, y los mercados olían a carne podrida. Pero las visiones la guiaban: un segundo antes de que un hombre en un abrigo gris girara hacia ella, ya había escurrido su cuerpo entre dos chabolas. Un instante antes de que una patrulla policial apareciera, su instinto la lanzaba bajo un carro abandonado. No era clarividencia, era esquivar cuchillos con los ojos cerrados. Un salto de fe entre futuros rotos, pero le bastaba para mantenerse un paso adelante de la muerte.
El truco era dejarse llevar. No pensar. No ser. Cómo ahogarse en una piscina sin luchar. Desenfocaba la vista hasta que el mundo se dividía en capas: el presente se volvía borroso y los futuros, nitidez pura. A veces, en el límite entre la vigilia y el trance, escuchaba susurros. "Enkai te permitirá ver, pero debes dejarte ir", murmuraban. Nunca recordaba qué significaba al despertar.
El mareo era ahora un viejo enemigo. Lo reconocía: primero un zumbido en los oídos, luego la lengua de plomo y, finalmente, esa sensación de caer en mil direcciones a la vez. Lo odiaba, pero lo necesitaba. Lo peor no eran las muertes —había visto tantas que ya no gritaba al despertar—, sino los casi. Esos futuros donde sobrevivía, pero a un costo monstruoso: vendiendo su poder, traicionando a otros como ella, o perdiendo los ojos a cambio de seguridad. Las calles, repletas de gente y ruido, empeoraban todo. Cada cuerpo que rozaba el suyo era un posible futuro que se bifurcaba: ¿era ese niño con la mirada hambrienta un ladrón? ¿O una víctima como ella?
El callejón olía a orina fermentada y cenizas. Fathi se acurrucó en su rincón, observando a los otros vagabundos bajo la capucha de su túnica rasgada. Cada uno sostenía una pequeña llama entre sus manos, como luciérnagas enjauladas. No eran fuegos normales: estos ardían sin consumirse, tintados de azul o violeta por el tipo de magia que los alimentaba. Magia elemental de pobres, la llamaban. Barata, inestable, pero suficiente para evitar morir congelado en las noches de Nairobi.
El viento cortante le recordó que no podía permitirse el lujo de ser discreta. Necesitaba calor. Pero cuando extendió las manos, los dedos le temblaron. No por el frío, sino por el recuerdo que acechaba: las manos de su madre, firmes y seguras, guiando las suyas en el primer conjuro.
Fathi cerró los ojos y susurró las palabras que su madre le había enseñado:
—Enkai o larin, kata kipin, endu o larin…—.
Nada. Solo un chisporroteo cobarde que se apagó al instante.
No era la fórmula lo que fallaba —la conocía mejor que su propio nombre—, sino ella. Porque cada sílaba le traía el olor a canela del té de su madre, el sonido de su risa cuando el fuego de Fathi salía torcido. Y luego, inevitablemente, llegaba la otra memoria: su madre de pie frente a los hombres del gobierno, firmando papeles con una mano temblorosa.
¿Realmente había sucedido así? Las visiones a veces mentían. O quizá ella era quien no quería aceptar la verdad.
Un escalofrío que nada tenía que ver con el frío le recorrió la espalda.
Esta vez no luchó contra el recuerdo. Dejó que la invadiera.
El fuego en sus palmas no era el azul inestable de los vagabundos, ni el rojo puro que su madre creaba. Era verde. El mismo verde que la había curado en el bosque.
Las palabras de su madre resonaban en su memoria, firmes como las raíces de un roble.
—Las magias elementales son la base de toda la magia —decía, mientras trazaba círculos lentos en el aire, y pequeñas llamas danzaban sobre su palma—. Antes de que Enkai le diera las varas a sus hijos, creó la tierra, el cielo, las llamas y el agua. Que ese maestro tuyo no te meta ideas raras con esas… esas estupideces que dice. ¡¿Qué se supone que es un magion?!
Fathi se reía. Siempre se reía en ese recuerdo. Su risa sonaba como el tintineo de los cristales de hielo que tanto le gustaba crear en las mañanas de invierno. Las velas parpadeaban, no por magia, sino porque su madre siempre decía: “Primero entiende, luego conjura.
Sus dedos dibujaron un círculo perfecto en el aire, y una docena de llamas diminutas brotaron sobre su palma, cada una ardiendo en un tono distinto: rojo sangre, naranja atardecer, incluso una azul como el núcleo de un relámpago.
—Las magias elementales son la sangre de la realidad —corrigió—. Lo demás son… experimentos de intelectuales sin tierra bajo los pies. —Arqueó una ceja al mencionar al maestro Haled—. ¿Magiones? ¿Acaso ese hombre cree que la magia son matemáticas? ¿Que puedes encerrar el fuego en una ecuación?
El disgusto en su voz hacía temblar las llamas. Sabía que detrás de ese enojo había miedo: miedo a que yo olvidara las tradiciones, a que el mundo me convirtiera en otra herramienta más.
Reí. No una risa discreta, sino una carcajada que hizo que las llamas de su mano bailaran en espiral.
—¡Mamá, pareces una gata erizada! —dije, y ella frunció el ceño, pero sus ojos brillaban. Era nuestro juego: ella fingiendo ser la maestra inflexible, yo desarmándola con risas.
Pero entonces noté algo. Por primera vez, mi risa hizo algo más. Los cristales de hielo en el alféizar resonaron en sincronía, vibrando con un zing casi musical.
Ella cruzó los brazos, pero no pudo ocultar la sonrisa que se asomaba.
—Bien, sabihonda. Demuéstrame que no has olvidado nuestras raíces.
Cerré los ojos y canté. No como una estudiante recitando, sino como lo hacíamos en las noches de invierno, cuando el viento aullaba y la magia era nuestra única cobija:
"El fuego es vida, es creación,
su calor es el primer aliento del mundo.
El hielo es muerte, es destrucción,
pero también la quietud que preserva.
La tierra es fuerza, es resistencia,
el hueso de la montaña que nunca cede.
El agua es cambio, es transformación,
la misma lluvia que se vuelve río y luego mar.
El aire es libertad, es movimiento,
pero también el susurro que lleva secretos."
El aire en la habitación cambió. Las llamas de mamá se elevaron formando un arcoíris de fuego, el suelo vibró levemente bajo nuestros pies y una brisa cálida nos rodeó, llevando el olor a salvia y manzanilla.
Al abrir los ojos, la vi distante. No era la mirada de orgullo que esperaba, sino algo más oscuro. Como si hubiera visto un fantasma entre las palabras. Pero entonces me atrajo hacia sí, y su abrazo fue tan contradictorio como su magia: fuerte como las raíces que rompen piedras, suave como la nieve que amortigua caídas.
—Recuerda, Fathi —susurró contra mi pelo—, los versos son solo herramientas. La verdadera magia está aquí. —Apretó su mano sobre mi pecho, donde el corazón golpeaba al ritmo de las últimas palabras del poema—. Nunca dejes que te la roben.
Quise quedarme así, envuelta en su abrazo para siempre. Olía a humo de leña, a hojas secas y a esa mezcla de canela y clavo que siempre ponía en el té. Pero había algo que me quemaba por dentro, algo que llevaba días queriendo contarle.
Me aferré a ese abrazo como si fuera el último. Respiré hondo, llenando mis pulmones de los olores que definían mi infancia: el humo de leña de sus conjuros, las hojas secas que siempre guardaba en los bolsillos para sus pócimas. Era olor de madre, un aroma que prometía seguridad.
El corazón me latió con fuerza. Lo que tenía que decirle ya no podía esperar.
Me separé lo justo para mirarla a los ojos, pero no solté sus manos. Sus palmas, ásperas por años de trabajar la tierra y la magia, se tensaron apenas.
—Mamá… —Tragué saliva—. Tengo que decirte algo.
Sus ojos se entrecerraron, pero no de sorpresa. Era la misma expresión que ponía cuando sabía que había roto un jarrón o quemado el pan. Como si ya lo supiera.
Las palabras salieron en un torrente:
—Ayer… vi el futuro. No como las predicciones del clima —aclaré, recordando cómo ella adivinaba la lluvia por el dolor en sus articulaciones—. Esto fue… fragmentos. Como si mi mente se partiera en espejos rotos, y en cada uno hubiera una versión distinta de la realidad.
Apreté sus manos, buscando valor.
—En la gran mayoría de esos espejos, papá resbalaba con la olla de caldo. Lo vi antes de que pasara: su pie pisando ese charco que siempre se forma junto al fogón, tu grito, el caldo salpicando las paredes como sangre. Dos minutos después… ocurrió exactamente como lo vi.
Esperé que se riera. Que me llamara fantasiosa o dramática, como cuando decía ver monstruos en la niebla.
Pero su rostro se volvió de piedra.
—No fue lo único —continué, sintiendo un nudo en la garganta—. Esta mañana, mientras encendías el horno, vi un futuro donde las runas de ignición fallaban. No una predicción… lo sentí. Como un escalofrío que me decía: "No funcionará". Y cuando fuiste a revisarlo…
Mis palabras quedaron suspendidas. No necesitaba terminarlas. Ambas recordábamos cómo, diez segundos después, el horno se había apagado solo.
Ella cerró los ojos. Cuando los abrió, había algo nuevo en ellos: miedo. Pero no el miedo a lo desconocido.
Era el miedo de quien reconoce el peligro.
Sus ojos brillaban con una contradicción desgarradora: el orgullo de una madre que ve a su hija alcanzar lo imposible y el terror de quien sabe lo que el mundo hace con los que rompen las reglas. Abrió la boca —para maldecir, para bendecir, nunca lo sabré—, pero no la dejé terminar.
—Es como si mi mente fuera un cristal —dije, tocando mi sien con dedos temblorosos—. Y alguien lo golpeara con un martillo. Cada fragmento muestra un yo distinta: en uno tropiezo con una raíz. En otro, corro hacia el río. En otro más, me quedo quieta. Las veo a todas al mismo tiempo.
Entonces, el zumbido.
No empezó en los oídos, sino entre los ojos, como si un clavo invisible se hundiera en mi cerebro. El mundo se desvaneció: primero los colores, luego las formas, hasta que solo quedó blanco. Un blanco que ardía, que gritaba, que sabía a batería y metal en la lengua.
Caí.
No hacia abajo, sino a través —como si el tiempo fuera un pozo vertical y yo atravesara cada segundo como una capa de piel rasgada—.
Lo vi:
Mamá en una oficina con paredes de acero, firmando papeles con un sello de cera roja —el símbolo del Ministerio—. Dos hombres de traje gris la observaban. Uno sostenía una bolsa de monedas. El otro, un collar de plata idéntico al que llevaban los videntes conscriptos en las noticias.
Hombres con máscaras antimagia recorriendo nuestro pueblo. Preguntando por la niña que ve el futuro. Mostrando un retrato mío.
Una sala blanca. Una silla con correas. Una máquina de cristal llena de agujas que se clavaban en mis sienes, extrayendo visiones como si fueran líquido. Yo, con los ojos inyectados en sangre, repitiendo fechas de muerte y números de lotería.
Fathi ya no era un nombre. Era un código. Sujeto-11. Una herramienta que predice guerras y hambrunas, pero que olvidó cómo reír.
El universo me arrancó los párpados y me obligó a ver. A verme a mi misma en todos mis posibles finales.
Quemada.
El olor a carne chamuscada llegó primero. Después, el dolor: las cuerdas mordiendo mis muñecas, la magia verde retorciéndose bajo mi piel como gusanos de fuego. Alguien gritó "¡N’kira!" y la turba respondió. Las llamas no vinieron de fuera; —salieron de mis uñas, de mis poros, de las lágrimas que se evaporaban antes de caer—. Mi último pensamiento fue que el humo olía a cabello de mi madre.
Ahogada.
Frío metálico en la nuca. El líquido no era agua, sino algo más espeso, como mercurio helado. Los cables perforaban mis sienes con un clic de insecto mecánico. "Extracción número 214", dijo una voz. Tragué y el fluido llenó mis pulmones. Cada futuro que arrancaban de mi cerebro era un órgano menos en mi cuerpo. Para cuando comprendí que el tanque era una urna, ya había olvidado mi nombre.
Rota.
El callejón apestaba a orina y cerveza agria. Mis piernas formaban ángulos imposibles, como ramas pisoteadas. "Droga o hechicería", gruñó el policía mientras su bota buscaba otra costilla que quebrar. La visión que me delató aún bailaba en el aire: su hijo muriendo en un tiroteo. Él lo vio en mis pupilas dilatadas. Por eso me mató lento.
Silenciosa.
El quirófano brillaba demasiado. Las agujas cantaban al entrar, afinadas para cortar recuerdos como hilos de araña. "Sujeto 11 pronostica 73% de probabilidad de ataque en Mombasa", decía un altavoz. Yo quería gritar que también veía margaritas creciendo en su tumba, pero solo salió baba con rastros de canela.
Entonces, en el pliegue más oscuro del futuro, algo se movió.
Una Fathi con las uñas podridas y los dientes astillados, pero que respiraba. Que corría. Que aunque arrastraba el pie izquierdo y tosía sangre, llevaba en el bolsillo un trozo de pan robado y en la garganta un verso de su madre.
No era un futuro glorioso. No había refugio seguro ni aliados poderosos. Solo una niña demacrada corriendo bajo la lluvia, con los pies ensangrentados y un pan duro en la mochila.
Pero corría.
Y eso bastaba.
El blanco se resquebrajó como un espejo roto.
Volví a mi cuerpo de golpe, cada músculo convulsionando. Había sangre en mi boca —me había mordido la lengua— y las uñas clavadas en las palmas. Mi madre me sacudía, sus labios moviéndose, pero sus palabras sonaban distorsionadas, como si alguien hubiera sumergido el mundo en agua.
—Fathi, ¿qué viste? —su voz por fin atravesó la niebla, aguda con pánico.
"Vi que me vendes", quise gritar. "Vi que eligen monedas sobre mí".
Pero mentí como solo una hija que aún ama puede mentir:
—Fue… como un sueño. Ya pasó.
Sonreí. Era una sonrisa torcida, de dientes manchados de sangre, pero ella la aceptó. Porque las madres quieren creer en sus hijas.
El último ronquido de mamá se quebró contra el techo de paja. Mis dedos encontraron el borde de la cobija antes de que yo decidiera moverme. La lana áspera aún guardaba el calor de sus muslos, el olor a leche agria y albahaca salvaje que siempre se le pegaba al trabajar. Al doblarla, algo crujió en los pliegues—una espina de acacia que se le había enredado el martes pasado, cuando perseguimos a la cabrita perdida. La guardé.
El pan esperaba en la mesa, envuelto en el trapo de cocina manchado de carbón. Mis uñas se clavaron en la corteza al partirlo por la mitad. El trapo tembló entre mis manos cuando lo anudé a mi cintura; las tres espirales del bordado me arañaron la palma como un reproche.
La piedra casi se me escapa de los dedos sudorosos. Las runas grabadas mordieron mi piel mientras repetía en silencio sus palabras: "Cuando el mundo grite…". Un zumbido comenzó detrás de mis ojos—primer aviso de una visión—pero lo ahogué apretando la piedra contra el ombligo, donde solía apoyar su mano para guiarme en los conjuros.
El carbón chirrió al trazar la primera letra en la pared. Perdón. Las grietas de la madera bebieron la palabra como tierra sedienta. Para cuando dibujé las raíces del roble, el carbón se había deshecho entre mis dedos igual que la tiza con la que me enseñó las runas.
La puerta gimió al ceder. El viento nocturno me escupió a la cara arena y el olor a lluvia lejana. No volví la cabeza cuando el primer sollozo rompió tras de mí—no podía saber si era ella despertando o yo imaginándolo.
Mis pies desnudos encontraron el camino antes que mis ojos. Corrí hacia donde los árboles se encorvaban como ancianos compartiendo un secreto, hacia el lugar donde hasta las visiones se volvían niebla. La cobija olía a ella. El pan sabía a perdón. La piedra ardía como una mentira.
Y yo—yo sólo era ya el crujido de una rama que nadie escuchó romperse.
Tres años habían pasado desde aquel recuerdo, y el llanto la sacudió con una violencia animal, tres años de dolor desbordándose en lágrimas que quemaban como ácido. Fathi se mordió el labio hasta sangrar, tratando de silenciar los sollozos, pero era inútil. La angustia era un puño cerrado alrededor de su garganta.
Entonces llegó el dolor.
No fue un simple mareo, sino una explosión en el cráneo que la hizo gritar. Sintió cómo su mente se desgarraba en dos: una mitad aferrada al presente (el pasto húmedo, el olor a gasolina), la otra arrastraba hacia un vacío blanco donde algo la observaba. Algo con forma de triángulo invertido.
La visión llegó en un destello:
Una camioneta negra avanzaba por el camino de tierra, levantando una nube de polvo que teñía el atardecer de ocre. En sus puertas, un logo sencillo pero inquietante: un triángulo invertido, como una punta de flecha apuntando al infierno.
Tres hombres salieron. Vestían trajes idénticos, demasiado impecables para aquel lugar. Sus ojos estaban ocultos tras gafas de cristal ahumado, y en las manos llevaban guantes de un material sintético que reflejaba la luz como escamas de serpiente. Uno de ellos señaló hacia Fathi con un gesto mecánico, y hablaron entre sí en un idioma gutural, lleno de consonantes que sonaban a órdenes militares.
Fathi intentó invocar las visiones, obligarlas a mostrarle una ruta de escape. Pero por primera vez, falló. Su poder se retorció dentro de ella, un músculo desgarrado, y solo logró ver fragmentos caóticos: botas negras pisoteando el pasto, manos enguantadas sujetando dispositivos que emitían un zumbido agudo, el triángulo invertido repetido una y otra vez en las paredes de una habitación sin ventanas.
Vomitó bilis y los restos del pan duro que había comido horas antes. Mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano, lo entendió: no era que sus visiones la hubieran traicionado. Ellos tenían algo —una tecnología, un campo de fuerza— que nublaba su don, convirtiendo el futuro en una niebla impenetrable.
El hombre del centro sacó un objeto del bolsillo: una esfera metálica que comenzó a girar emitiendo pulsos de luz violeta. Con cada destello, el dolor en la cabeza de Fathi se intensificaba.
—No… —murmuró, arrastrándose hacia atrás—. No, no, no, no.
Pero ya era demasiado tarde.
Las visiones no acudieron. Solo quedó el conocimiento frío de lo que vendría:
La convertirían en una herramienta. Extraerían sus sueños a través de agujas, forzarían su cerebro a predecir guerras y mercados, la encerrarían en una celda blanca donde ni siquiera podría recordar su propio nombre. No sería la primera. Había cientos antes que ella. Habría cientos después.
El mundo perdió sus bordes. Los colores se mezclaron como acuarela bajo la lluvia. Los gritos de los hombres sonaban amortiguados, como si alguien hubiera envuelto la realidad en algodón.
Y entonces, la paz.
No era valentía, ni resignación. Era el simple entendimiento de que Fathi ya no existía. Solo quedaba un cuerpo que pronto sería otra cosa. Un instrumento. Un número.
Y el negro lo envolvió todo.
