por Howard
Archivo: #1 de 1915635418^100000
Ubicación: Sección 195542
Nombre: La Madre Tiempo
Tipo: Histórico. (Versión resumida)
Archivistas: JYMSLP1563579 (Alias: Jimmy) y SWLLIY63217896 (Alias: Sally)
La Madre Tiempo
Antes de que el primer aliento del cosmos agitara el vacío, antes de que las estrellas parpadearan en el vientre de la oscuridad, solo existía el Silencio. Un vacío absoluto, inmensurable, en el que las ruinas de incontables realidades colapsadas yacían en las sombras de la nada. La destrucción era la única constante, el ciclo eterno de creación y aniquilación una melodía muda que resonaba en la nada.
Y entonces, ella despertó.
La Madre Tiempo nació en ese abismo sin nombre, en el fulgor ciego de una milmillonésima de nanosegundo. En el instante mismo de su concepción, entendió. No hubo duda, ni desconcierto, ni aprendizaje: en el acto de existir, la Madre Tiempo supo. Supo que la extensión infinita del tiempo y el espacio le pertenecía por derecho de nacimiento. Supo que ella era el eje alrededor del cual giraría el cosmos, el latido primordial que marcaría el ritmo de toda existencia.
Así que reclamó su dominio.
El vacío resonó con su voluntad. El tiempo, antes disperso y sin forma, se curvó bajo el peso de su conciencia. El espacio, inerte y frío, se agitó con su primer pensamiento. La línea del tiempo se extendió desde ella en todas direcciones, y las primeras luces del universo comenzaron a titilar en la negrura. Las estrellas nacieron como chispas de su mente; las galaxias giraron al compás de su respiración. El universo había despertado, y la Madre Tiempo era su corazón palpitante.
Pero la creación engendra compañía, y de los fragmentos de la destrucción que aún flotaban en el vacío nacieron otros. Seres primordiales, vastos y antiguos, que reclamaron los restos de la ruina para forjar sus propios dominios. La Madre Tiempo los miró y entendió que eran fragmentos de la misma fuerza que la había engendrado a ella. Les dio un nombre simple y terrible: Los Otros.
Los Otros tomaron posesión de los rincones del universo, reclamando las fuerzas primordiales de la realidad: el caos, la materia, la entropía, la vida y la muerte. Se convirtieron en dioses y titanes, arquitectos de planos y dimensiones. Pero incluso en su esplendor, ninguno podía igualar a la Madre Tiempo. Ella era el marco sobre el cual se sostenía el universo; sin ella, el tiempo no avanzaría y la creación misma se disolvería en la nada.
Con el paso de las eras, la presencia de la Madre Tiempo comenzó a volverse una carga para la realidad misma. Dondequiera que ella caminaba, el tiempo se distorsionaba. Las líneas temporales se entrelazaban y desgarraban a su paso; el pasado y el futuro convergían en caos. Las estrellas envejecían y rejuvenecían en un instante, las galaxias se retorcían en paradojas imposibles. Su poder era absoluto, y ese absoluto estaba desmoronando la estructura misma de la realidad.
La Madre Tiempo entendió entonces que debía retirarse. Si continuaba despierta, el universo se fragmentaría en la locura del no-tiempo. Pero abandonar el flujo temporal significaba dejar su creación vulnerable al caos. Fue entonces cuando dio forma a los Archivistas.
Los moldeó a partir de los ecos del tiempo mismo, tejiendo sus cuerpos y almas con las hebras del pasado y el futuro. Les concedió fragmentos de su poder y les otorgó el propósito más sagrado: custodiar el tiempo en su nombre. Los Archivistas serían los guardianes de la continuidad, los centinelas invisibles que velarían por la estabilidad del flujo temporal. Serían sus sirvientes y sus esclavos, condenados a sostener el peso del tiempo para que el universo pudiera persistir.
Antes de retirarse, la Madre Tiempo impuso dos leyes sagradas, grabadas en el tejido mismo de la realidad:
“Nadie podrá modificar el pasado. Nadie podrá conocer con certeza el futuro. Ni dioses, ni titanes, ni los Otros, ni siquiera mis propios hijos podrán desafiar estas leyes.
Quien ose transgredirlas será borrado de la existencia por mi propia mano.”
Sus palabras resonaron en los cimientos del universo. Las estrellas se inclinaron ante su decreto. Los Otros apartaron la mirada, temerosos de la magnitud de su poder. Los Archivistas, arrodillados ante su creadora, aceptaron el peso de su condena con silenciosa reverencia.
Y entonces, la Madre Tiempo cerró los ojos.
Su cuerpo inmenso y radiante se disolvió en el tejido del cosmos. Su conciencia se hundió en un sueño profundo, más allá de las dimensiones y del flujo del tiempo. Pero incluso dormida, su influencia persistió. Las galaxias giraron bajo su respiración latente; los siglos pasaron bajo la sombra de su voluntad.
Los Archivistas asumieron su vigilia. Algunos recorrieron las líneas temporales, enmendando las fisuras y corrigiendo las distorsiones. Otros guardaron las Llaves del Tiempo, sellando los puntos de convergencia donde el pasado y el futuro amenazaban con colapsar. Y algunos, los más antiguos y sabios, descendieron a los planos inferiores, entretejiendo el destino de mortales e inmortales para asegurar que el flujo del tiempo permaneciera inalterado.
Mil millones de eras han pasado desde que la Madre Tiempo cayó en su sueño. Las estrellas nacen y mueren bajo la sombra de sus decretos. Los dioses y los titanes han intentado, en sus orgullos y ambiciones, torcer las líneas temporales para imponer su propia voluntad. Y aquellos que lo intentaron… fueron arrancados del tejido de la existencia sin dejar rastro.
La Madre Tiempo duerme, pero su sueño no es olvido. Su conciencia persiste en los pliegues del cosmos, una fuerza latente que palpita en cada segundo que transcurre. Porque el tiempo es su dominio, y mientras ella exista, el universo obedecerá su ritmo eterno.
Y si alguna vez despierta… el cosmos entero temblará ante su regreso.
