La Madre Agua
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por asmoder

La noche yacía en el firmamento. La madera crujía en las fogatas. Las recientes campañas en el Pantano de Vargas y Tunja habían sido exitosas, pero los soldados se encontraban agotados. El aire olía a sangre y muerte. Pequeñas escaramuzas rugían en las lejanías. La inquietud era palpable. La última gran batalla se acercaba.
Bolívar estaba en su carpa. Amplia, húmeda, iluminada por una veintena de velas sobre la mesa. Alrededor de ella, Francisco de Paula Santander, Pedro Fortoul, José Antonio Anzoátegui, Juan Nepomuceno Moreno, Carlos Soublette.
—La victoria está cerca —exclamaba alguno.
—Los rumores que vienen desde Venezuela no deben ignorarse.
—Es absurdo. ¿De dónde sacarían un ejército tan gigantesco de la nada?
—Si llegan hasta aquí antes de tomar Boyacá, nos aplastarán.
Los comandantes seguían discutiendo entre sí sobre el estado actual de la guerra. Bolívar los ignoraba. Abandonó la carpa para tomar aire. Su mente, turbulenta por los rumores de un numeroso ejército español que venía desde Venezuela, no encontraba descanso.

Bolívar no supo cómo había llegado al río. Había caminado sin rumbo, de los almacenes a los comedores, de los puestos de vigilancia a las fogatas donde los soldados dormían envueltos en mantas manchadas de barro. Y de pronto, sin recordar haber tomado el camino, estaba en la orilla. El olor a podredumbre dulce le llenó los pulmones.
Allí estaba ella.
Una vieja campesina, arrodillada en la orilla. Una lámpara de aceite descansaba sobre una roca, iluminando apenas sus manos hundidas en el agua. Restregaba la ropa con fuerza, pero también con calma, como si disfrutara más del contacto del agua que del acto de lavar.
Bolívar se acercó. No supo si por cautela o por curiosidad.
Ella no levantó la vista.
—Usted no debería andar solo en la orilla del río, general —dijo. Su voz era un arrullo que parecía nacer del agua misma.
A Bolívar se le erizó la piel. Ella no lo había mirado. No podía saber quién era.
—Doña —respondió él, con la voz más queda de lo que habría querido—. La noche es fría para lavar.
—La noche es mía —dijo ella, y esta vez levantó la vista.
Sus ojos eran dos pozos negros donde no se reflejaba la luz.

Acto seguido, volvió a bajar la mirada y retomó su labor. De forma rítmica, a la velocidad de los compases del agua chocando contra las piedras del río.
—Usted cree que esta guerra se gana con fusiles, mi general —dijo ella—. Pero los que mandan aquí abajo no son los reyes de España.
—¿Y quién manda aquí, doña? —preguntó Bolívar con la voz más firme de lo que se sentía. ¿Usted?
Ella levantó la mirada otra vez, mirándolo fijamente con esos ojos negros tan profundos como el mar donde la luz no llega.
—El agua, mi querido general. Aquella dulce sustancia que da la vida, de donde todo viene y a donde todo termina.
Esbozó una leve sonrisa con los labios, sin mostrar los dientes.
—Los conquistadores creyeron poder domarla en esta vieja tierra. Pero yo he estado aquí antes de que existieran. Y seguiré estando cuando todos se hayan ido.

De repente, Bolívar se encontraba más cerca, donde el agua ya le llegaba a tocar la suela de sus botas. Pese a que el agua estaba tranquila y no había llovido en los días recientes, podía sentir la humedad en todo su traje.

Con la incredulidad de aquel que se enfrenta a aquello que no puede comprender, preguntó: —¿Por qué me dice esto, doña? —El sonido de su boca salió a media voz.

Ella dejó de restregar la ropa, dejó que una a una las prendas que tenía fueran arrastradas por el río.
—Porque usted es el primero que llega buscando algo que no sabe nombrar; mientras los demás solo ven un recurso, un río insulso, usted vio algo más.
—No veo nada, Doña —dijo con el tono igual de bajo, pero con firmeza.
—No con sus ojos humanos, General, sino con su espíritu, que lo trajo hasta aquí.
Bolívar deseó negar aquella afirmación. Quiso decir que el azar lo había traído hasta aquí, caminando sin rumbo; no había presagios o apariciones. Ansiaba discutir que esas supersticiones eran cosa de pescadores y granjeros, no de hombres letrados como él, pero las palabras no salieron. Tenía razón, el azar no existía; era fiel creyente de que cada uno se labra su destino y, sin duda, algo lo había traído hasta aquella orilla.

La anciana, aún arrodillada, levantó sus manos del agua, dejándolas gotear sobre la arena, a la velocidad de quien lleva la cuenta de un rosario.

—Te puedo dar algo que ningún general puede conseguir, pero que todos ansían, mi general.
—¿El qué? —preguntó él, y supo inmediatamente que no debió hacerlo, pues esa pregunta abriría una puerta que no estaba seguro que debiera cruzar.
Ella lo miró con sus ojos tan negros que sentía que miraba un abismo que jamás debió observar.
—La certeza de que mañana ganará.
—¿Y a cambio qué es lo que desea? —preguntó él, intrigado.
—Mire el agua, general —dijo ella directa; él obedeció sin rechistar.
Al principio solo vio su reflejo, su rostro pulcro, pero cansado. Luego el reflejo comenzó a cambiar: abajo, en lo profundo, más allá de su propio rostro, indígenas con plumas podridas, negros con grilletes rotos, conquistadores con armaduras de barro, cientos o quizás miles, todos con los ojos abiertos, mirándolo fijamente desde el fondo.
—Ellos son míos —dijo, pero su voz ya no provenía de la anciana. Retumbaba entre los murmullos del río, en cada golpe de agua contra las piedras. —Y ansían que se les regrese la sangre que se les quitó.
—¿Qué es lo que quieren? —susurró Bolívar.
—Su sangre, general. Una sola gota, y los muertos lucharán con usted.
—¿Y si me niego? —replicó él.
—Luchará solo. Usted y sus hombres morirán, y el río los reclamará, como a todos los demás.
Bolívar sintió que el mundo se reducía a la voz del agua y a sus propios latidos.
—¿Qué debo hacer? —preguntó con total determinación.
Ella hundió las manos en el río. Cuando las sacó, sostenía una piedra negra, afilada como la espada de oficial que llevaba al cinto.
Bolívar no dudó. Extendió la mano izquierda. Ella la tomó con una fuerza que no era propia de su edad aparente, pero a la vez con reverencia.
—Esta mano ha firmado la emancipación de medio continente —dijo ella—. Ha firmado la muerte de cientos. Y es la que te ha traído a este momento. Ahora será el medio por el que se firmará algo más.
—¿El qué? —preguntó Bolívar, su voz apenas un hilo.
—El pacto que te dará la victoria.
La anciana acercó la piedra a la palma de Bolívar. Él sintió el frío, aquel filo que anticipaba el dolor.
Con su mano derecha, agarró la piedra y realizó el corte en su palma. Extendió la mano apuntando la palma hacia el agua, apretando para que la sangre fluyera.
—Con esta sangre —dijo ella, y ahora su voz era el eco de todos los ahogados—, mis muertos beberán por fin. Con esta sangre quedas ligado a mí. Yo, la madre del agua, te concedo la victoria que tanto ansías. Y cuando la muerte te alcance, esta sangre te traerá de regreso al fondo, donde es mi dominio.
El agua se iluminó del rojo carmesí de la sangre mientras el sol abría su camino en el horizonte, revelando el nuevo día donde la batalla estaba por estallar.

El agua se iluminó del rojo carmesí de la sangre mientras el sol abría su camino en el horizonte, revelando el nuevo día donde la batalla estaba por estallar.
En el campamento, los soldados despertaron con la inquietante sensación de que algo había cambiado. El aire era pesado y olía a pólvora y sangre. Algunos tenían los ojos irritados, como quien hubiera estado mucho tiempo bajo el agua; otros, los dedos arrugados por la humedad.
Los oficiales ya estaban despiertos. Soublette repasaba las posiciones con un mapa extendido sobre un tambor. Santander afilaba su espada con una piedra de afilar. Anzoátegui daba órdenes a sus oficiales con la voz ronca de quien no ha dormido.
Cuando Bolívar llegó al campamento, fue directamente donde sus oficiales. En el camino, logró escuchar a un viejo soldado:
—Hoy ganamos —decía mientras se ajustaba el morral.
—¿Cómo sabes? —preguntó otro.
El viejo se encogió de hombros.
—Lo sé. Lo noto en el aire.
—¿Todo bien, general? —preguntó Santander sin levantar la vista de su espada cuando Bolívar al fin llegó adonde estaban los oficiales.
Bolívar asintió.
—Todo bien —dijo, y supo que mentía.
Se montó a caballo. La mano izquierda le ardía bajo el guante. Mientras las tropas se formaban para la marcha, él miró hacia el río, hacia el lugar donde la vieja seguía lavando, aunque sabía que ya no habría nadie allí.
El sol estaba en lo alto cuando divisaron el puente de Boyacá.
Bolívar cabalgó entre las filas. Los soldados lo miraron pasar. Algunos vieron en su rostro algo que no supieron nombrar: no era confianza, no era miedo. Era otra cosa. Era como si hubiera visto algo que ningún hombre debería ver y hubiera vuelto con la mirada fija en otra parte.
—¡En marcha! —ordenó Santander.
Los tambores marcaron el paso. Las tropas avanzaron hacia el puente. Nadie miró atrás. Nadie miró el río.
Pero todos lo sintieron.

El sol golpeó con fuerza. El viento no soplaba. Las banderas colgaban sin moverse, mustias, como si el aire hubiera decidido abandonar el campo. El silencio era ensordecedor: no había pájaros, no había insectos. Solo el respirar de quinientos hombres y el crujir del cuero de las monturas.
Los soldados patriotas, en formación, goteaban sudor desde la nuca. La pólvora seca les picaba en la nariz.
Del otro lado del río, los realistas ocupaban el puente. Barreiro desplegó sus tropas con la precisión de quien sabe que esta batalla definirá la guerra.
Bolívar observó desde la colina. Su mano izquierda ardía bajo el guante. No era un dolor común. Era un pulso lento, profundo, que no parecía venir de su cuerpo.
—¿Todo listo? —preguntó Santander a su lado.
Bolívar asintió. No dijo nada. No podía. Tenía la mirada fija en el agua.
El primer estruendo vino del lado realista. Un disparo. Luego otro. Luego una docena de cañones rugieron al mismo tiempo. Las balas cruzaron el río silbando, levantando tierra en la orilla patriota. La artillería respondió. El humo comenzó a llenar el aire, mezclándose con el polvo y el sudor.
Los batallones de ambos bandos conservaban las formaciones. Los oficiales gritaban órdenes. Los fusiles disparaban en descargas ordenadas, una tras otra, como un mecanismo de relojería.

El número realista era abrumador. Con trote firme, cubiertos por los impactos incesantes de la artillería, empezaron a cruzar. Tanto por el puente como por el río.
Bolívar observaba impávido el cruce. Y entonces pudo darse cuenta: a pesar de que los soldados cruzaban por el río, el agua parecía no moverse. No generaba olas, ni resistencia. Era como si la corriente se hubiera detenido para dejarlos pasar.
Cuando un realista cayó por un disparo, su sangre empezó a teñir el agua.
Desde su posición, Bolívar vio cómo el vapor empezaba a brotar de la mancha roja. El avance realista se ralentizó cuando una fuerte tos comenzó a recorrer sus filas.
El olor a podredumbre dulce impregnó el olfato de Bolívar. Su palma empezó a arder.
Una mano emergió del agua. Agarró a un soldado del tobillo. Luego otra agarró a otro soldado. Luego una cabeza se asomó. Cientos de manos más se alzaron, agarrando a cientos de soldados, jalándolos hacia el fondo.
Los realistas en la orilla empezaron a entrar en pánico. El fuego de los fusiles comenzó a cesar lentamente cuando las figuras de los ahogados se levantaron y empezaron a marchar hacia la orilla.
Alguien gritó:
—¡Demonios, el infierno viene por nosotros!
Los soldados realistas empezaron a huir despavoridos. Pero los ahogados caminaban con una coordinación extraña, que vista desde lejos parecía el fluir del agua: simultánea, caótica, chocando contra todo a su paso y llevándolo por delante. Parecía que caminaban lento, pero empezaron a alcanzar a los soldados. Los abrazaban. Y los soldados caían al suelo, escupiendo agua, ahogándose en tierra firme.
Los gritos de agonía estremecieron a los patriotas.
—¡Ahora, soldados, a la carga! —gritó Bolívar, desenvainando su sable y espoleando el caballo.
Al principio dudaron. Estaban aterrados ante aquel ejército de lo que a sus ojos parecían enviados de Satán masacrando a sus enemigos. No querían ser los siguientes.
Pero Santander gritó:
—¡Incluso los muertos se alzan contra los opresores! ¡No teman! ¡No son demonios! ¡Es la ira justa de Dios que nos acompaña!
Desenvainó su sable y cargó junto a Bolívar. Los demás soldados, confundidos pero envalentonados por las palabras de Santander, empezaron a marchar. Fortoul, Anzoátegui y Nepomuceno siguieron su ejemplo con sus tropas.
El general Barreiro se encontraba en el centro de la línea de artillería realista. Su rostro reflejaba desesperación. Gritaba órdenes intentando ordenar el caos de sus tropas en desbandada. Sin embargo, la mayoría de sus hombres ya habían tirado los fusiles y corrían hacia el bosque, donde el río no pudiera alcanzarlos.

Bolívar llega, seguido de sus hombres, con los fusiles arriba apuntando directamente al general realista — diablos, brujos, todos ustedes, arderán en el infierno — Barreiro, desenvaina su espada — en el nombre del rey, vendrán mas a recuperar las legitimas tierras del rey, Fortoul desde atrás golpea al realista con su fusil poniéndolo de rodillas y apartando el sable con un pie en un único y ágil movimiento.

Barreiro mira fijamente al general patriota a los ojos diciéndole — que haz hecho Bolívar, haz blasfemado contra Dios, haz condenado tu alma y la de tus hombres, todos sobran que esgrimes fuerzas oscuras, traidor.
— lo que he hecho general — dice Bolívar, con suficiencia — es derrotarlo, incluso los muertos luchan contra el régimen del terror del rey, en estas tierras, el rey no es soberano, incluso los muertos en esta tierra lo saben, y se alzan contra su dominio.

Bolívar hace un gesto con la cabeza y dos soldados patriotas cogen a Barriero y se lo llevan, los soldados patriotas empezaban a celebrar. Alguien gritó "¡Viva la patria!", otros levantaron los fusiles. Pero él no se unió.

Se bajo con pesadez de su caballo, el cansancio acumulado de varios días sin dormir y el desgaste de las batallas anteriores. Camino hacia el puente, la madera crujía bajo sus botas, el agua fluía, tranquila, cristalina, poco profunda que se podía ver la tierra debajo, al contemplarla parecía imposible que los cientos de muertos que emergieron antes, ahora desparecidos, pudieran haber estado alguna vez ahí, sin que nadie los notara.

el agua le devolvió su reflejo, pudo observar su rostro demacrado por el peso del mando y la guerra, se quito su guante, la herida estaba ahí, en su palma tan fina como un delicado hilo, pero brillante bajo el resplandor del sol. Apretó el puño con fuerza y luego volvió a ponerse su guante
Santander se acercó detrás de él.
— ganamos general.

Bolívar, no dijo nada, asintió taciturno con la cabeza
—¿Qué paso ahí, que fue todo eso? Pregunto Santander, su voz queda, con un dejo de curiosidad y miedo disimulado
—Sé tanto como tu amigo mío,
Santander lo miro, en su cara se reflejaba el deseo de creerle, pero en su interior sabia que no era verdad.

—¿y su mano? — volvió a preguntar.

— me corte — respondió indiferente.

Santander no insistió mas, dio media vuelta y se marchó.

Bolívar se quedó solo en el puente. El sol estaba en lo alto. La batalla había terminado. La independencia estaba más cerca.
Pero él no sentía victoria. Sentía algo más pesado. Algo que le corría por las venas y no era solo sangre.
Miró hacia el río. El agua seguía su curso, indiferente, eterna.
—¿Valió la pena? —se preguntó en voz baja.
El río no respondió.
Pero en el fondo, donde la luz no llegaba, los ahogados abrieron los ojos. La piedra negra descansaba entre ellos, esperando. Y la lámpara de aceite seguía humeando sobre la roca, como si la vieja pudiera volver cualquier noche a seguir lavando.

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