por Llamas
Richard observó el calendario, veinte de marzo. Un recordatorio persistente inscrito en tinta roja por el Departamento de Personal le indicaba que debía tomar tres días libres por cada quince trabajados. Una regla interna sustentada en alguna interpretación jurídica según la cual, de no cumplirse, el empleo se convertiría en una forma moderna de esclavitud; o algo similar. No tenía intención de discutirlo, nadie quería volver a ver a Magnus Sextus sudar frío por contrariar a Masman Yagarga1 .
No le gustaban sus días libres, lejos de descansar, solo acumulaba pendientes. Tres días sin trabajar equivalían a una jornada de treinta y dos horas, con apenas tiempo para comer sopas instantáneas y café. Pero había un único elemento que justificaba seguir a rajatabla la regla, la oportunidad de ver a Josefina.
Abrió una aplicación de seguridad en su computadora, que de acuerdo con sus funciones él no debía, pero si podía, tener instalada. Con sus credenciales de director de Base, accedió al panel de cámaras internas y buscó el ángulo que conocía de memoria.
Y allí estaba ella.
Josefina Dagamundo. Encerrada en su cubículo con montañas de papeles amenazando con sepultarla. Era desconcertante, la AGIAT había adoptado avances en inteligencia artificial, proyección a planos superiores, sistemas de análisis astral… pero ella todavía insistía en imprimir reportes como si de las recetas de la abuela se tratase.
Richard ajustó el enfoque de la cámara, hizo un acercamiento a su rostro. Las ojeras de Josefina eran tan marcadas que parecían grabadas con carbones de algún ritual chamánico, pero eso no hacía sino acentuar la nobleza de sus pómulos. Su cabello, salvaje y con textura de relámpago, parecía denunciar una semana de desvelo y quizá también de prácticas no muy higiénicas. Richard sonrió. Era hermosa de una forma no diseñada, no armoniosa. Una belleza amazónica de resistencia y terquedad.
Pasó una hora contemplando esa escena con la atención que otros reservan para un eclipse o una criatura mitológica, tomando apuntes de forma ocasional en una libreta desgastada. A las nueve en punto, Josefina empezó a recoger sus cosas.
Richard cerró su computadora con un clic seco, metió su libreta, sus ingredientes para hechizos y una laptop en una bolsa de contención portátil, cortesía del FEM apostatas de la reina, y salió del despacho. Dio un último vistazo a su reloj y emprendió camino por el pasillo del ala este.
Y allí, como un fenómeno anticipado por cálculos precisos, se encontró con ella.
—Oh, qué coincidencia —dijo Richard, fingiendo espontaneidad, usando un hechizo en su rostro para prevenir esa estúpida sonrisa que surgía cada que se encontraba con ella.
Josefina lo miró de reojo. No se detuvo del todo, pero sí lo suficiente para que él se le emparejara.
—Ajá. ¿No era tu día libre? —preguntó Josefina, Richard no veía ni un atisbo de sorpresa o entusiasmo
—Mañana. Hoy todavía debo fingir que soy productivo —respondió Richard, modificando el hechizo para permitirle sonreír de verdad.
Caminaron juntos por el corredor sin prisas. A esa hora, el ala este estaba casi vacía. Solo los sistemas de seguridad y alguno que otro constructo flotaba entre las luces blancas del techo. El silencio era casi absoluto, lleno de ecos provenientes de los ángeles sin rostro.
—¿Sabías que el sistema me amonestó por escribir una nota con pluma de tinta orgánica? —dijo ella de pronto, pensaba que Magnus Secundus al fin estaba perdiendo la cabeza.
—Otra vez el sistema confundiendo tradición con herejía.
—Esta vez me etiquetó como "potencial invocadora no regulada". Al parecer las plumas con tintas vegetales son sospechosas desde el incidente en Angola. —
—No puedes invocar un demonio con una tinta de aguacate. Yo lo intenté —agregó Richard, en tono neutro, sin explicar cómo sabía de qué estaba hecha la tinta de la pluma que tenía Josefina, pluma que ahora tiene guardada Richard en su casa.
Josefina rio. O hizo algo parecido. Una exhalación nasal, una curvatura mínima en sus labios. Pero en ella, eso era casi como una carcajada a pleno pulmón.
Salieron del edificio. La noche los recibió con un aire fresco y limpio, extrañamente tranquilo para un complejo donde había un avatar de un dios de la guerra precolombino trabajando.
—¿Y tú a dónde vas? —preguntó Richard, viéndola con interés.
—No lo he decidido — Comentó Josefina, Richard no podía adivinar lo que estaba pensando. Quizá iba a ir a algún bar, como suele hacer de acuerdo al hechizo de localización que usaba sobre ella en sus días libres.
—Si lo deseas, puedo llevarte conmigo a un bar donde sirven cócteles usando alquimia, para embriagar tus cuerpos metafísicos.
—Perfecto —dijo Josefina, tomando una posición erguida, los ojos le empezaron a brillar con una vitalidad renovada.
Richard quiso creer que era por la compañía, no por el alcohol.
Caminaron en silencio unos minutos más, su destino era el circulo mágico que estaba en el Ala este, con un par de guardias armados que los dejaron pasar al ver al director del departamento de magia. El escudo etéreo vibró al dejarlos pasar, reconociendo la huella espiritual impregnada por Magnus Sextus en su oficinista.
Sus cuerpos físicos empezaron a desvanecerse en la base veinticuatro, para materializarse en la Base ciento noventa y dos, al otro lado del país.
Se fueron a pie, no era la primera vez que Josefina estaba en la ciudad de acuerdo al historial de ubicaciones que tenía Richard.
Cuando llegaron al bar, el local estaba casi vacío, ¿quién se emborracha los martes?
Un par de espiritistas estaba teniendo una acalorada discusión sobre los derechos post mortem, y en otra mesa un hombre estaba llorando, rodeado de un par de botellas vacías. Parecía que hablaba solo, pero los espiritistas habían visto el alma de una mujer joven tratando de consolarlo inútilmente, el no podía verla a ella. Los espiritistas tampoco se molestaron en avisarle.
Tomaron una mesa en el rincón. Josefina pidió un electric lemonade, Richard ni siquiera necesitó abrir la carta, pidió lo mismo.
—No deberías seguirme tan fácilmente — le comento Richard, viéndola fijamente—podría ser alguien peligroso, ¿Sabes? —
—Como si representaras un peligro para mí — respondió la archivista, mojando levemente sus labios en el cóctel para saborear un poco.
— Esa es una frase digna de alguien que esta al servicio de Johan2 — comentó con una ligera sonrisa melancólica en el rostro.
Richard estaba pensando que si ella no estuviera bajo su tutela ya habría movido sus influencias con Zhuthkakh3 para tenerla en su departamento. No era solo porque estuviera enamorado de ella, también porque sabía que con ella a su lado podría al menos sobrevivir un par de décadas más antes de morir por agotamiento. Ese maldito protocolo fénix…
Josefina no respondió al comentario de Richard. Este dió un sorbo a su cóctel, un liquido de color azul que chisporroteaba con un fulgor eléctrico. En su interior, un hielo con una pequeña runa giraba y flotaba lentamente, trazando un patrón arcano en su superficie. El sabor era dulce, daba al electric lemonade un nuevo significado.
Pequeñas chispas eléctricas sobre su lengua, los pequeños arcos eléctricos danzaban mientras bajaban por su garganta antes de simplemente desaparecer. La sensación era similar a masticar una pastilla efervescente, pero más electrizante.
— ¿Sabes? — Dijo Richard, rompiendo el silencio — las ilusiones funcionan de forma similar a esto. Dulces, brillantes… y efímeras.
— ¿Una ilusión te puede embriagar?
— Te embriagan, sí — replicó Richard, jugando con la copa entre sus dedos— pero no el cuerpo. Te emborrachan la mente. Un ilusionista no manipula la materia, manipula los sentidos, y el mayor recurso de uno de verdad es su memoria, pues es extremadamente difícil proyectar algo que logre engañar a todo mundo si no lo ha experimentado.
Extiende su mano sobre la mesa y una pequeña taza de café surgió, exactamente igual a la que tenia Josefina. Si ella se fijaba detalladamente, podría reconocer esa pequeña grieta junto al asa.
— El realismo de una ilusión depende directamente de la claridad mental del ilusionista respecto a la imagen que desea proyectar — explicó Richard, terminando el resto del cóctel de un trago— no puedes crear una taza de café si no has visto cientos de ellas, si no recuerdas su peso, su temperatura, el modo en que el humo se curva al ascender. Cada detalle inexacto en tu mente, cada sombra mal recordada, se convierte en una distorsión.
La taza empezó a retorcerse en un amasijo de humo con forma incierta, como si la ilusión olvidará quién debía ser.
— Si el mago no conoce bien el objeto, la ilusión se desvanece— comentó Richard, haciendo un movimiento con su mano para disipar el humo — su olor será falso, la textura incierta, el sabor… irrelevante. Por eso los grandes ilusionistas suelen ser artistas: soñadores, pintores, poetas, almas creativas, capaces de distinguir entre imaginar y recordar. No solo crean, recuerdan y usan esos recuerdos para llenar los vacíos en la ilusión y así concretar algo que casi es real, y así, esas sensaciones engañan la mente del espectador, de quien su cerebro termina de construir la percepción a partir de la información que sus sentidos le trasmite… En otras palabras, el engaño se transforma en realidad.
Josefina escuchaba atentamente a Richard, ya había terminado su segundo cóctel y le estaba haciendo señas al barman para que le preparara un tercero, y otro para él.
—¿Cómo lo haces? — preguntó Josefina al ver la magia de Richard.
—¿Hacer qué? — respondió este mirando distraído su cóctel, el cual aparentaba ser un gas en lugar de un liquido.
—Eso — Josefina exclamó exasperada — No estas recitando ningún conjuro, ni tampoco siento el maná condensarse para formar las ilusiones.
—Ah, "eso" — Richard hizo una media sonrisa — la magia es entendimiento, conocimiento, comprensión y por sobre todo: voluntad. No es solo cosa del espiritismo. ¿Qué no es un conjuro sino tu propio mana impregnado por tu voluntad interactuando con el ambiente que te rodea? Una vez que entiendes eso, puedes comenzar a acortar los cánticos, abreviar los conjuros y eventualmente, todo ocurre en tu mente como parte de la visualización. Respecto al mana, eso es cosa de años de practica con ejercicios de precisión y eficiencia. Sólo usar lo que requieres. Es sumamente aburrido, bastante mundano, pero rinde sus frutos a manos llenas.
Richard se estiró haciendo tronar su espalda de forma muy sonora.
—Los conjuros, cánticos y gestos son para concentrar al mago y que este pueda usar su voluntad. Yo, querida, estoy más allá de eso
Ella se recostó en la silla, intrigada. Richard percibió un leve temblor en sus manos, ya sea por alcohol o curiosidad.
—Si la ilusión es lo bastante nítida, el mundo no puede distinguirla de la realidad. Hubo un hombre que hace miles de años engañó a los dioses. —
—¿Y sobrevivió para contarlo? —preguntó Josefina, medio divertida y con alegría en su voz porque ya estaba en su quinto coctel.
— Así es, es… — una punzada de dolor asfixiante surgió desde su dantian inferior que inundó todo su ser.
— Clasificado. — dijo forzando su voz a hablar.
Josefina simplemente asintió con una mirada que reflejaba comprensión, era una contramedida que Johan había puesto por las numerosas filtraciones de datos en la agencia. Solo un puñado de personas habría sobrevivido a un ataque así, y si hubiera seguido hablando es probable que solo el hombre que engañó a los dioses habría podido sobrevivir.
Ella sacó un pequeño vial de agua bendita y lo arrojó hacia Richard. Su admirador anónimo se lo había regalado justamente para situaciones como esta, y ahora lo estaba usando sobre ese admirador. Este, por su parte, trazó glifos bajo la mesa, expulsando a la entidad del bajo astral que había acudido al llamado involuntario.
Un estallido de energía espiritual hizo vibrar el aire. La pareja de espiritistas hizo un movimiento rápido de manos para evitar una reacción en cadena, y observaban alarmados a Richard. Josefina les devolvió una sonrisa serena, y ellos fingieron no haber visto nada.
—Supongo que ya expliqué demasiado —dijo Richard más tranquilo—. Dejaré el resto para otra noche.
Josefina lo observó, levantando las dos manos con dedos alzados y empezó a bajar de uno en uno lentamente. Cuando llegó al siete, él asintió. Pagó la cuenta y dejó dinero suficiente para siete bebidas más. Sabía que ella se quedaría.
Al salir, miró de reojo el ventanal del bar. Dentro, Josefina reía sola, con la copa chispeando bajo la luz. Por un instante, dudó si lo que veía era real o una ilusión que el mismo había creado.
Luego sonrió.
Decidió no comprobarlo.
