La doble cara del amor
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Era una fría y silenciosa noche de otoño. El amplio y blanco pasillo por el que caminaba tenía un ligero aroma a desinfectante, el piso que acababa de limpiar relucía bajo sus pies, lo miraba satisfecha pensando en lo que haría al llegar a casa. No había una sola alma a la vista, algo que le pareció normal, pues eran altas horas de la madrugada.

Ella vestía el uniforme que usaban todos los conserjes en la agencia y arrastraba con calma una cubeta rodante, la típica que llevaría cualquiera del personal de limpieza. Era su primera semana trabajando para AGIAT, a pesar de tener tan simple puesto estaba nerviosa, un poco cansada y emocionada a la vez. Quería conocer todo el lugar lo más pronto posible, ganarse la confianza de todo el mundo y… robar la información que G&C le pidió, no quería decepcionarlos.

Se paró frente a la puerta de la oficina más cercana que encontró, respiró hondo, tragó saliva y llamó con tres suaves golpes. El sonido contrastó con el silencio que había reinado horas en el lugar.

—Pase, está abierto… —respondió una voz masculina desde el otro lado. No parecía de buen humor, hablaba en un tono cansado, agotado y sin vida. Aunque a Charlie no le importó mucho.

La puerta rechinó ligeramente al abrirla. Ella no saludó al pasar, de hecho, no dijo una sola palabra, ni siquiera miró al hombre sentado tras el escritorio del otro lado de la habitación. Aunque suponía que él tampoco lo hizo, se lo imaginaba mirando fijamente a la computadora como si nada más existiera en el mundo, rellenando papeleo como un zombie apenas consciente de su propia existencia en este mundo.

Le echó un rápido vistazo a su alrededor, era poca la decoración que adornaba el sitio. Solo unos cuantos muebles repletos de gruesas carpetas y enciclopedias de todo tipo, una pintura en la pared y un pequeño estante en una esquina, a pesar de ser todo bastante simple, le pareció bonito a su manera. Se estiró un poco y comenzó con la limpieza, perdiéndose poco a poco en sus propios pensamientos en el acto; estaba nerviosa, pues no sabía si el plan funcionaría. La inseguridad comenzó lentamente a apoderarse de su mente y alma con el pasar de las semanas, pensaba en cada detalle de lo que haría.

Trató de distraerse mirando tras el hombro del semi-elfo a su computadora. Le sorprendió la velocidad a la que escribía, rellenando datos sin parar, como si su vida dependiera de ello. Lo miró de reojo y, a pesar de que solo haber visto a su objetivo en un par de fotos formales, lo reconoció al instante. En persona era tal y como pensó que sería.

Era un hombre de mediana edad, vestía ropa arrugada y desaliñada. Su oscuro cabello era largo y desordenado, no parecía haberse peinado en un largo, largo tiempo. Toda su atención estaba en la computadora, con la mirada vacía y sin expresión alguna. Charlie creyó que esos ojos hubieran sido encantadores, si no reflejaran el alma de un hombre muerto por dentro, uno que se había abandonado a sí mismo hace muchos años.

Él tomó una taza de la esquina del escritorio y sin dejar de prestar a atención a la pantalla de su laptop ni un segundo, le dio un largo sorbo al café. Ese líquido parecía ser lo único que lo mantenía despierto aún.

Aunque Charlie creía ser discreta, no lo era tanto como suponía. Llamas sentía como la chica casi se lo comía con la mirada, era como si estuviera espiándolo o algo parecido. Volteó a su dirección, sus ojos vacíos se cruzaron con los de su amada. No estaba del mejor humor, pero aun así, se esforzó para dedicarle una cálida, aunque cansada sonrisa. Ella no supo bien cómo reaccionar, pero recordó su plan y se obligó a responder. Le devolvió el gesto con una coqueta, aunque algo fingida sonrisa, se notaba que la actuación no era lo suyo.

—Buenas noches, amor —dijo en el tono más agradable que pudo fingir —¿Qué estás haciendo? —preguntó, fingiendo curiosidad antes de abrazarlo por la espalda.

Richard podía estar algo cansado, pero no era estúpido. Su actitud lo desconcertó un poco, pues su pareja llevaba meses con una actitud fría y cruel hacia su persona, apenas dirigiéndole la palabra de vez en cuando e ignorándolo cuando él lo hacía. Era más que obvio que ya no lo amaba, aunque no tenía el valor para aceptar que entre ellos ya no había amor.

—Cosas confidenciales, Charlie—le respondió en un tono dulce y gentil, pero firme a la vez.

—Oh…

La mujer estaba algo apenada, pensó que sería tan fácil como un par de cursilerías para que se le escaparan unos cuantos datos, pero se acababa de dar cuenta de que no sería así. Le dio un tierno beso en la mejilla antes de volver con su trabajo, eso le sacó una involuntaria y boba sonrisa al hombre.

Volvió a su trabajo, pensando en volver a intentarlo el próximo jueves. Tal vez como algo más discreto, sabía que el hombre empezaría a sospechar si le insistía con eso a diario. Estaba reflexionando en sí cambiar de plan, buscar un modo de apagar las cámaras de seguridad y robar la laptop de ese tipo, se ahorraría mucho tiempo y esfuerzo así. Pero era más peligroso, no sabía qué le harían si llegaba a ser descubierta, pero dudaba que fuera un destino muy bonito.

Eso le trajo un amargo recuerdo, el no tan lindo destino que tuvo su víctima, su primera víctima. Era tan vivido que recordarlo le hacía sentir como si hubiera pasado hace tan solo minutos atrás. Odiaba pensar en ello, pero no pudo evitarlo.

Estaba emocionada cuando recibió su primer encargo.

—Necesitamos que suplantes a esta chica —había dicho su jefe con indiferencia mientras deslizaba por la mesa una carpeta.

Esta estaba llena con todo lo que necesitaba, el acta de nacimiento, dirección, horario de trabajo y un par de fotos de esa mujer.

—Sí necesitas más información, me temo que vas a tener que conseguirla por tu cuenta.

La joven dopplerganger miró con confusión los papeles.

—Si, pero… ¿Quién es ella? —preguntó.

—Pareja de Richard Llamas, un hombre muy importante de AGIAT. Vas a hacerte pasar por ella y robarle toda la información posible. Luego te enviaremos la poca información que tenemos sobre ese tipo.

Ella asintió con la cabeza sin decir una sola palabra. Metió los papeles en la carpeta y volvió a casa, pensativa.

No quería cometer un solo error, lo menos que deseaba era decepcionar a sus superiores, pensaba que de hacerlo en el futuro le negarían cualquier solicitud de ascenso. Planificó por semanas lo que haría, pero como dicen por allí; es más fácil decirlo que hacerlo.

Usó un arma blanca por primera vez en su vida, no podía darse el lujo de usar una pistola, pues el ruido alertaría a los vecinos. Recordó cómo sus manos temblaban mientras sostenía con fuerza el mango del cuchillo, su corazón latió con fuerza cuando la puerta del dormitorio rechinó al abrirla. No quería despertarla.

Su víctima dormía plácidamente entre sus cálidas y suaves mantas, se veía muy cómoda. Verla le provocó un nudo en la garganta, no podía hacer eso. Sacó lenta y silenciosamente su teléfono y marcó a un número.

—No puedo hacer esto… —le dijo entre susurros—. Quiero renunciar ¿Qué hago?

—¿No tienes el valor para matarla? —preguntó en un tono burlesco la voz al otro lado de la línea —. Mira, te la pondré fácil, puedes matarla, hacer tu trabajo y recibir tu paga con la que podrás vivir cómodamente un buen tiempo. O bien, puedes dejarla viva, y que sean tú y tu familia los que terminen en el panteón. ¿Qué dices? —preguntó su compañero, conocía a ese tipo, no tenía mucha paciencia con los novatos.

Tragó saliva, su estómago estaba revuelto y su cabeza comenzaba a doler por el estrés.

—Escucha, mejor hazlo por las buenas. La paga es muy buena y sabes que necesitas el dinero, solo hazlo.

—Está bien… —susurró antes de colgar —voy a hacerlo.

Su víctima no la escuchó, seguía profundamente dormida. Se acercó lentamente, como un animal asechando a su presa. Cubrió su boca antes de que el cuchillo atravesara con facilidad su carne. Respiró agitada y aterrada.

Pero para su horror, aún no estaba muerta. No murió al instante, gritó y suplicó por su vida después sentir el frío metal clavado profundamente en su abdomen. Se tropezó al intentar escapar y se arrastró adolorida entre la oscuridad. La sangre escurría por su ropa mientras intentaba apoyarse en algo.

La pobre chica miró con horror a la criatura frente a ella. Tenía una apariencia indistinguible a la suya. Suplicó por auxilio entre chillidos, pero para su infortunio, nadie la escuchó. No despegaba los ojos ni un segundo de su imitador, esperando un segundo ataque. Débil y adolorida, intentaba retroceder, alejarse de esa cosa era en todo lo que pensaba. Contempló asqueada y asustada como la sangre salía deprisa, en un acto de desesperación sacó el arma de la herida. Estúpidamente, pensaba en defenderse con lo único que la separaba de un desangramiento casi inmediato. Gimió de dolor viendo cómo se desangraba deprisa.

La espía sintió lástima por ella, sintió su miedo, como la esperanza se esfumaba de su alma como la sangre dejando su cuerpo. Hasta ese momento, solo había observado la escena inmóvil, cubriéndose la boca con una mano mientras veía a su víctima suplicar por piedad, sin saber bien qué hacer o cómo reaccionar. Solo minutos más tarde intentó ayudarla, arrepentida.

Trató de parar su hemorragia con una toalla que encontró en el suelo. Le suplicó que resistiera mientras hacía presión en su abdomen con la tela.

—Perdóname… —le suplicó a su víctima al borde del llanto —. No te mueras, por favor… ¡Resiste!

Pero era demasiado tarde, en un par de segundos vio como la vida de la mujer se desvanecía, como dio un débil último suspiro antes de dejar de moverse. Su corazón paró, la sangre dejó de fluir. Miró con repulsión al cadáver, sentía asco de sí misma, tenía ganas de vomitar, de romperse en llanto, pero no hizo nada de eso.

El teléfono sonó. Con cuidado buscó entre los bolsillos del cadáver, sacó el móvil y miró la pantalla unos segundos. Volteó nerviosa a su alrededor, la idea fugaz de arrojar el teléfono por la ventana pasó por su cabeza, pero aun así, contestó.

—¿Sí? —preguntó al responder.

—Hola Amor —dijo el hombre al otro lado de la línea, sonaba cansado, pero hablaba en un tono muy cursi—. ¿Cómo estás? Te veías un poco… Molesta hoy en el trabajo, ¿Estás enojada conmigo? Te juro que cuando tenga tiempo saldremos a donde tú quieras, lo prometo, pero solo… deja de ignorarme.

—¿Ah?… Estoy bien, no te preocupes cariño, solo estoy un poco cansada. Ya llegué a casa y estoy a punto de irme a la cama—respondió en el tono más tranquilo que pudo, aunque por dentro solo quería colgar y llorar por el resto de la noche.

Luego de eso, solo comenzaron a intercambiar cursilerías, por casi media hora.

—Ow, yo te amo más, cuelga tú —dijo, tratando de sonar lo más creíble posible.

Fue la hora más estresante de toda su miserable vida. Esa fue la primera interacción que tuvo con Richard Llamas, el novio de su víctima. Apenas dejó el teléfono, lo lanzó al otro lado de la habitación y rompió en llanto, tal y como un niño pequeño. Se recostó en la cama, lamentándose por lo que hizo hasta quedarse dormida.

Por un momento se había olvidado que eso ya pasó. Cuando volvió a la realidad, se percató de las lágrimas que corrían por sus mejillas, como aquella vez. Se talló los ojos, y siguió con su quehacer.

Sus manos se volvieron temblorosas y su vista borrosa, era notoria su lentitud, pues apenas y podía sostener bien el trapeador. Esperaba que Llamas no se hubiera percatado de todo eso, pues no quería que hiciera preguntas o que empezara a sospechar. Y, sobre todo, no quería hablar de ello. Pero también era un poco tarde para eso, el archimago hace rato que la miraba extrañado, preocupado, desviando por completo su atención del papeleo.

—Eh… Charlie—dijo algo incómodo y confundido, pensando bien en lo que diría a continuación—, ¿Estás bien?

Ella no respondió.

Apenada, solo siguió con su labor. Asintió con la cabeza solo minutos después, cuando se dio cuenta de que él no dejaría de mirarla hasta obtener una respuesta satisfactoria.

Pero no le creyó, no estaba para nada convencido pues nadie llora sin una razón. Se quedó en silencio, pero su expresión parecía decirle que sabía que algo andaba mal. Esperó a que ella hablará, que admitiera lo que pasaba, que le contará sus penas para poder ayudarla, consolarla, hacerle saber que no estaba sola. Pero no habló, sentía el corazón en la garganta, el ambiente comenzaba a ponerse tenso y pesado. La mujer estaba sudando frío y comenzaba a palidecer. Estaba a punto de admitirlo, de confesar que era un espía, de delatar por completo a G&C, de arrodillarse y suplicar por clemencia.

Pero para su suerte, justo a tiempo, Richard se rindió. Él se encogió de hombros y se giró nuevamente a la computadora, continuó rellenando informe tras informe y papeleo tras papeleo, no podía darse el lujo de perder el tiempo de esa forma. Al menos, no si quería dormir más de 3 horas esa noche. Se quedó pensando en el extraño comportamiento de su pareja. Era como si no la conociera, como si fuera otra persona, una completa desconocida.

Charlie respiró profundo hasta recuperar la calma. Trató de distraer su pensamiento y pensar en cosas lindas pero su mente simplemente se rehusó, una parte de ella solo quería dejar de mentirse a sí misma. Quería admitir que odiaba su trabajo, que odiaba su vida, que se odiaba a sí misma. Su llanto volvió, aún peor, aunque no dijera una sola palabra, su dolor podía sentirse en sus sollozos.

Llamó otra vez la atención del archimago. Esta vez no dijo nada, solo se levantó del asiento, se acercó a ella y con delicadeza la rodeó entre sus brazos. La mujer se aferró a su pecho con todas sus fuerzas, se notaba que hace tiempo necesitaba un abrazo.

—¿Qué tienes, Charlie? —le preguntó en voz baja. Estaba preocupado, verla así le rompía el corazón.

Volvió a ignorar la pregunta, solo sollozaba y soltaba pequeños chillidos. Sentía asco de sí misma, aceptar el consuelo de la pareja de esa chica a la que cruelmente asesinó, y arrebató su identidad era lo más bajo a lo que había caído. Richard la miró con lástima, quería saber lo que ocurría, quería ayudarla. Pero ella no hablaría de eso, o por lo menos, no hoy. No quiso presionarla y solo dejó que se desahogara.

—No tienes idea cuanto te amo ¿O sí?—le susurro en un tono dulce mientras acariciaba su cabello. Eso, aunque era algo que más que obvio para él, no lo era tanto para ella. Tal vez serviría de algo, tal vez no. Pero sabía que no estaba de más mencionárselo.

Le tranquilizaron esas bellas y dulces palabras. De un momento a otro, aunque aún sollozaba, había parado de llorar. Sabía muy bien que ninguna de las bonitas palabras de amor iban dirigidas a su ser, no obstante, se sentía lindo imaginar que así era. Por primera vez en su vida se sintió querida, quería corresponder a tan lindas muestras de afecto, pero simplemente no tenía palabras para expresarlo. No sabía amar, nunca se había sentido así.

Se separó lentamente, tomó sus cosas y salió de la habitación a toda prisa. Lo dejó algo desconcertado, suspiró con tristeza, miró a la puerta, con aún la esperanza de que regresara. Pero no lo hizo. Triste, regresó a su trabajo tratando de no preocuparse mucho por el tema. Le era difícil pero no podía descuidar ni un poco su tarea como director de sitio, solo esperaba que su amada estuviera bien.

Charlie volvió a casa una hora más tarde. Se sentó al borde de la cama y miró fijamente a la pared. No pudo sacárselo de la cabeza desde que salió de la oficina. Sintió lástima por él, trabajaba tanto, que no se dio cuenta de que su mujer estaba muerta, de que llevaba días así. De que abrazó a un espía, de que lo consoló después de haber hecho cosas terribles. Tenía un montón de sentimientos encontrados. Fue el momento en el que se prometió así misma que él jamás se enteraría de la cruda verdad.

Por otra parte, tenía miedo. Miedo a ser descubierta. Temor a las consecuencias que podría traerle. De como tendría que asesinar y suplantar a otra persona, si es que llegaba a escapar con vida. Temía que Llamas se enterara y vengara a su amada, estaba jugando con fuego y lo sabía. Si terminaba con el encargo, si se largaba y cambiaba de identidad nuevamente, lo dejaría destrozado por la desaparición de su mujer. No sabía qué haría al terminar la misión.

Anhelaba una vida tranquila. Aunque poco probable, sería lindo pasar el resto de su vida con esa identidad, junto a la persona de la cual, se enamoró hace tan solo unas horas. Pero era algo imposible. Sabía demasiado sobre Gonticorps. No tendrían ni un rastro de piedad sobre ella ni su familia sí trataba de dejar la empresa.

Se recostó boca arriba con la mirada perdida en el techo y una expresión de tristeza y confusión. Tal vez mantener esa mentira el resto de su vida sería lo mejor, pues no quería ver a Llamas sufrir por la muerte de su amada.

Bostezó y de un momento a otro, ya estaba acurrucándose para dormir. Tal vez mañana sería un mejor día.

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