El viejo y el diablo
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por Llamas

Un hombre que ya se acercaba a los sesenta inviernos, cuyo rostro estaba curtido por la dura vida que llevaba en el campo, se encontraba en el patio de su casa. Pedaleaba con calma la piedra de afilar mientras miraba las chispas que de esta emanaba, todo con el fin de devolver a su estado funcional a su machete: una vieja reliquia familiar que a pesar de los años aún se encontraba en un excelente estado.

Su abuelo decía que se lo había regalado un enano que pasó por el pueblo o algo así, pero no estaba muy enterado de los detalles porque relataba la historia siempre en un gran estado de embriaguez. Lo que le importaba, sin embargo, era que el filo era tan duradero y resistente que, en sus más de cien años de uso, aquella era la primera vez que lo afilaban: no lo hacía por necesidad, sino por precaución; ya que lo que estaba por hacer no era algo para lo que estuviera destinado hacer un machete cualquiera.

Raúl Fernando Ortiz López era su nombre, felizmente casado con María Josefina Ramírez Laríz desde hace más de tres décadas y, si bien el padre de su esposa era un hombre adinerado, su suegro lo repudiaba, puesto que había dispuesto a su hija para casarse con un empresario del pueblo, pero Raúl la había embarazado antes de que esto pudiera pasar, así que ahora se encontraban con siete retoños en un rancho que había construido con las pocas tierras y fondos que el señor decidió disponer para que al menos no pasaran hambre.

Después de haber transcurrido un buen rato y haber terminado de prepararse, fue a ver a su mujer quien ya lo estaba esperando. Su rostro mostraba una preocupación que pocas veces había mostrado en su vida: la última vez que estuvo tan preocupada fue el día que nació su primer hijo, por el que habían alabado a Dios ya que no nació con deformaciones cómo si lo habían hecho varios de sus hermanos que, para rematar, habían nacido muertos.

—Viejón, ¿´tonces si irás al monte?, te digo que pa´sas cosas debemos avisar a mi pa' y que le avise a la Iglesia.

—¿A la iglesia, dices? Pa´ cuando vengan esa bola de persigna´os ya no tendremos gana´o. Además, ya escuchaste lo que nos dijo: cuando se nos acabe el gana'o, vendrá a por nuestros hijos y nietos. Si no vuelvo para mañana en la mañana ve a con tu padre y huyan todos a la capital —le ordenó Raúl mientras cogía la botella de vino consagrado que estaba sobre la mesa y la metió a la alforja.

—Huye con nosotro, ¿pa' qué desperdiciar la vida? Sabe´ que no podemo´ hacer nada contra El Maligno, las oraciones que nos enseñó el Cura ´Toño solo lo tiene´ alejado del rancho. Y ya viste lo que le pasó al Cura Toño, que según era exorcista'.

—Hay luchas de las que uno no puede huir, viejona de mi corazón. Y esta es una de ellas… Te amo Majo, pero esto se ha convertido en una cuestión de honor —declaró ceremoniosamente al tiempo que ella lo abrazaba y le daba un beso en los labios.

Pasados unos segundos Raúl la alejó con delicadeza, entonces ella le dio la bendición cristiana, persignándolo y se quitó su crucifijo, colocándolo en el cuello de su esposo.

—Que Dios te acompañe, viejón —susurró María con lágrimas en los ojos, pensando en que era muy probable que su esposo no iba a volver nunca.

El machete emitió una extraña luz azul, revelando un grabado rúnico. Después de unos segundos volvió a su estado normal, sin que nadie se diera cuenta.

Raúl fue al cuarto donde estaban sus hijos ya dormidos y observándolos, trató de mantener la frialdad y no pensar en qué sería de ellos sin él, murmurando unas palabras para no despertarlos, más para sí mismo que para ellos en aquel momento de verdad.

—E´pero no sean tan cabrones como su padre, si no, la estirpe está jodida.

Es entonces que se encaminó a la cocina y bebió toda una taza llena de aguardiente para agarrar coraje y no rendirse, ya que eso de pelear contra El Maligno debería ser un asunto eclesiástico y no de pecadores como él. Iba a usar todos los conocimientos que aprendió en su juventud cuando fue al seminario… Aunque se salió en segundo año porque sus pasiones habían dado con María José, así que no era de mucha ayuda.

Salió de su casa y observó el monte a lo lejos. Raúl sabía que era probable que no volviera de ese viaje por lo que rezó un Padre Nuestro. Revisó su cinto otra vez para ver si tenía su revólver en el lugar adecuado, solo tenía cinco balas de las seis que le cabían dentro; no era muy apropiado, pero tendría que servir para defender a su familia. El arma, su machete y un par de huevos, pero bien puestos, era todo lo que él necesitaba para pelear; si había podido matar a esos dos bandidos en aquella ocasión, un simple tipo que decía ser el Diablo no iba a poder hacerle ni las cosquillas.

Terminadas sus preparaciones y viendo por última vez su humilde casa, se subió a su caballo y comenzó a galopar hacia el monte. Era ya casi la media noche y, si iba a acabar con ese loco, iba a ser esa misma madrugada.

Cabalgó hacia el monte y al llegar a una colina que tenía un claro, donde habían visto por última vez al Cura Toño, prendió su lámpara de queroseno y entonces bramó con todas sus fuerzas un desafío imposible de ignorar:

—Vamo´ a ver, hijo de tu reputísima madre, pe´azo cabrón, sal de ahí si tiene´ el pinche valor. ¿O es que acaso no tienes huevos? Siempre supe que eras un puto y un cobarde. —Desmontó y arreó a su montura para que se fuera del lugar.

Entonces empezó a reírse con marcado nerviosismo mientras se sentía ligero y caliente por el trago, a medida que su caballo se marchaba, dejándolo atrás.

Con el revólver en una mano y la lámpara de aceite en la otra, comenzó a adentrarse lentamente en la espesura de la hierba, que le llegaba hasta el pecho. Él conocía muy bien el lugar, ya que había ido decenas de veces ahí por caza y hojarasca, pero ahora estaba en un pesado y anormal silencio. Escuchó un ruido a lo lejos y, por su nerviosismo, dio un disparo en dirección al sonido.

Cuando el retumbar del disparo se silenció, escuchó que algo, o alguien, estaba comenzando a acercarse con pasos pesados, como si no perteneciera a este mundo.

Con cautela empezó a retroceder y dio un segundo disparo: esa cosa estaba cada vez más cerca. Una extraña figura negra se abalanzó sobre él, así que se decidió por descargar los tres disparos restantes sobre su objetivo para frenarla en seco y darle tiempo a crear más espacio. La figura negra, sin embargo y para asombro de Raúl, recibió los tres disparos sin inmutarse en lo más mínimo. Sentía su valor tambalearse cuando la cosa empezó a reírse con el tono más siniestro que jamás había escuchado en su vida.

—Mortal, tus juguetes de hierro y pólvora no tienen efecto contra mí —declaró con tono desdeñoso y perverso— Ríndete y entrégame tu vida, prometo que mataré rápido a tus hijos —ofreció con obvio desprecio y malicia.

El aire se llenó de un pesado olor a azufre, putrefacción y sangre recién derramada. Raúl sintió su garganta seca y sus ojos llorosos ante el escenario, pero decidido a luchar por su esposa e hijos, se mantuvo en pie y encaró a su enemigo.

El Maligno, pues otra cosa no podía ser, poseía una voz gutural que parecía proveniente de todos lados y de ninguno a la vez, con una rara cualidad sedosa y envolvente. Su boca mostraba una larga hilera de dientes muy afilados, amarillentos y se podía observar que de ella goteaba saliva: el humano olía muy apetitoso y le dijo entre carcajadas que se daría un festín con sus entrañas.

Al escuchar eso Raúl desechó su revolver, arrojándolo al suelo y desenvainó su machete a la vez que dejó la lámpara de keroseno en el suelo. Empuñó el machete con ambas manos y observó desafiante a su oponente, sintiendo todo su cuerpo temblar, pero no de miedo sino del subidón de adrenalina.

—Mira cabrón, me vale verga quien carajo seas o de dónde vengas, no hay nada que resista al filo de mi machete.

Llenó de rabia, espoleado por la adrenalina y considerando la mejor defensa el ataque más agresivo, cerró distancias con la bestia negruzca y dio una rápida tajada en su dirección. El Maligno se cubrió con su brazo, solo para ver como el ranchero borracho con un simple ataque se lo amputó de un solo corte casi quirúrgico.

—¡Un arma del Dios Herrero! —aulló a toda voz El Maligno mientras su brazo cercenado se veía envuelto por un consumidor fuego azul.

En dolor, el ser dio un gran aspaviento, intentando crear distancia entre él y el furibundo campesino, pero este presionó su ataque, causándole graves heridas en las piernas y derribándolo de rodillas.

Viendo su oportunidad, Raúl lo decapitó de un solo barrido, cayendo su cabeza entre la hierba alta. Recogió el brazo y la cabeza, poniéndolos sobre el cuerpo para dejarse llevar por la embriaguez del aguardiente y la victoria orinando, como todo buen victorioso sobre lo paranormal, el cadáver de su temible enemigo.

Echó mano de su alforja, sacando la botella de vino consagrado para darle un trago y después derramó el resto sobre el cuerpo del demonio, el cual fue envuelto por una lengua de fuego azul que parecía no extenderse más allá del cadáver.

Tomó la cabeza, salpicada por sus orines, y la amarró a su cinto aún emanando llamas azules a modo de trofeo y empezó su marcha a casa con la tranquilidad del vencedor absoluto; tan solo sintiendo un leve cosquilleo por las llamas. Pasados unos quince minutos la cabeza emitió un alarido infernal, por lo que la arrojó contra el piso y vio cómo las llamas cubrían la boc, ojos, oídos y el enorme corte donde solía estar el cuello de su trofeo para luego apagarse poco a poco.

Observó unos momentos el objeto, sobrecogido por la escena, pero cuando vio como las cenizas caían del cráneo, se alzó de hombros y la recogió, ya estaba cerca de su casa.

Cuando estaba a unos cien metros de su casa alzó su vista sobre su hombro y vio que empezaba a amanecer. Gracias al sol naciente fue que pudo ver a su mujer en la puerta, quien lo esperaba y emitió un chillido de alegría al verlo, ambos corriendo al encuentro del otro en su loca felicidad.

Este la recibió con un beso y una nalgada, solo para después susurrarle al oído unas picajosas palabras nacidas de la adrenalina y la ligera embriaguez:

—Vieja, esta noche trae un guaje que te voy a dar hasta para llevar. —Y se rio con malicia.

—Ya ni me prometas, el otro día nomá me dejaste con las ganas. —Su mujer lo miró, abrazada de su cuello y lo besó en la mejilla. —Ya mejor cállate; ya te tengo el desayuno listo pa´ que te repongas.

—Nah, tú eres mi desayuno, vieja sabrosa —él gruñó mientras comenzaba a besarla y María Josefina finalmente cedió ante las tentaciones de su exultante esposo.

Mostrando la fuerza de tres hombres, la levantó en brazos y se la llevó al cuarto, que cerró con el pestillo y una silla atascada a este, para entonces proceder a tener una mañana apasionada y desenfrenada.

Ellos aún no lo sabían, pero esa mañana sería concebido su octavo y último hijo, portador de la bendición del ya muerto Dios de la Fragua Perpetua como recompensa por su triunfo sobre El Maligno…

Pero, nada de esto habría sido posible de no ser por aquel machete que un día un enano regaló a su abuelo hace cien años.

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